martes, 5 de enero de 2016

Tommaso

(al maestro Tommaso Cavalieri, en Roma)


"Queridísimo señor:No me hubiera causado extrañeza o admiración la profunda sospecha que se desprende de su carta de que al no escribirle le he podido olvidar, si no creyera que le he dado pruebas firmes del gran amor, mejor dicho, inconmensurable amor que le profeso. Sin embargo, el no escribir no es nada nuevo y no hay por qué asombrarse de ello, ya que lo mismo que todas las cosas van de un extremo a otro, también el escribir puede ir a menos. Además, puedo decirle a su señoría lo mismo que usted me dice a mí. Sin embargo, es posible que diga todo esto para tentarme o para que se encienda en mí de nuevo un fuego aún mayor. Sea lo que sea, estoy muy cierto de que no podré nunca olvidar su nombre lo mismo que no puedo olvidarme de que tengo que comer. Más aún, es más fácil que olvide la comida, que solamente alimenta mi desdichado cuerpo, que su nombre, el cual me alimenta cuerpo y alma. Él llena a ambos con tal dulzura que no siento ni dolor ni miedo a la muerte mientras permanece en mi memoria. piense cuál sería mi estado si también el ojo pudiese participar de ella."


Miguel Ángel Buonarroti, 28 de julio de 1533




(para Tommaso Cavalieri)

"Ya sabes que sé, dueño mío; ya sabes
que he venido a gozarte más de cerca;
ya sabes que sé que sabes que soy yo, entonces,
¿por qué aplazar más tiempo el encuentro?

Si la esperanza que me diste es cierta
y cierto el buen deseo que me has concedido,
deja que caiga el muro alzado entre los dos,
pues la fuerza crece con el íntimo infortunio.

Si yo en ti sólo amo, caro dueño mío,
lo que más tú amas en mí, no te enfades
si un espíritu está enamorado del otro.

Lo que en tu hermosa cara ansío y aprendo
la humana inteligencia apenas presiente:
necesaria es la muerte del que quiera verte"


Miguel Ángel Buonarroti, 1532




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