viernes, 15 de enero de 2016

la enredadera

Como cada verano las abejas visitan la dulce enredadera. El dulzor permanece una semana, quizá un poco más, y la visita también. En el silencio del patio aparece el zumbido y cuando llueve las hojas protegen a los insectos pues su angulación y resistencia son ideales. Las diminutas y melíferas flores desprenden por esta época pequeños fragmentos q al chocar con las hojas producen un sonido equivalente al golpeteo tenue de una llovizna, cosa q sucede sobre todo al caer la tarde, en coincidencia con el cambio d temperatura del aire. El piso se cubre así de un picado manto verdoso q rápidamente se vuelve ocre. Al principio no me había detenido en la insignificancia de esos capullos y fue la intensidad del aroma y la presencia d las abejas quienes me hicieron notar su existencia. ¿Tendrán las flores conciencia de su muerte? ¿Sabrán las abejas q un día no serán? ¿Y las piedras o el río? Bendita inconsciencia, sabia ignorancia del despreocupado q un día será sorprendido de igual manera por la respuesta final.

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