domingo, 10 de septiembre de 2017

la bolsa

video
"Una bolsa de residuos llena de conceptos
que definen una vida que, tristemente, está lejos de serlo".
Emiliano Barco. "La bolsa" petit instalación site specific
en Espacio Bar 2017.

Hay alguien ahí que no ha olvidado sus cosas sino que las ha dejado un tanto desparramadas porque no tiene donde guardarlas. Lo poco que posee lo cubre con un insuficiente plástico, como el material de las bolsas en que guardamos lo desechable, pero a diferencia de ellas, éste es transparente para mostrarnos las sobras. Ese falso cobertor es una manta que cubre escasamente, que protege indignamente, es una mortaja que, traspasando su negra existencia a todo lo que toca, se volvió cristal. Pero nada me conmueve más que el trozo de pan tan negro que parece carbón. Es obvio que tiene el tamaño, la forma y el color del carbón, pero es pan y sólo se lo descubre si se pone atención. En esos blancos planos contrasta irremediablemente la tristeza, el olvido y el desprecio por la vida de alguien. ¿No basta un solo abandonado para avergonzar a toda la humanidad?
Alejandro Zoratti Calvi

RESPIRE

La imagen puede contener: interior
Nahuel Vera, "Respire", objeto instalación en Espacio Bar,
Escuela de Artes Visuales "M.Malharro", 2017.

Ya no hay vuelta atrás. Una imagen sencilla provocó el sonido de la palabra en mi mente, y con él, el pensamiento de ese acto cotidiano, necesario e impensado. No podría vivir meditando en esto a diario, simplemente sucede para casi todos los vivos y nos mantiene así, como estamos en este preciso momento. No es una orden, ¡quién pudiera decretar algo semejante! Es un acto de dar conciencia a lo involuntariamente necesario, como el parpadear, como el toser. Podría detener la acción no sé hasta qué límites, pero entonces acudirían resultados inciertos y tal vez dramáticos. Me pregunto si hay en mí otros actos redundantemente involuntarios a los que me he acostumbrado, y aferrado sin conciencia, lejos de darme vida, la detienen.

Alejandro Zoratti Calvi

domingo, 11 de junio de 2017

esto es Arte o se tirA?

Nuestra cultura incluye en el conjunto “arte” tanto a las pinturas rupestres de las Cuevas de Lascaux como a la Abadía de Westminster, el fresco de Leonardo en el refectorio del convento en Milán como "La fuente" de Duchamp, una pintura de Xul Solar o de Malevich como el Partenón, el “Requiem” de Mozart o el “Hamlet” de Shakespeare como "La imposibilidad física de la muerte en la mente de alguien vivo" de Damien Hirst, 4’33’’ de John Cage o la “Menesunda” de Minujin como el “Autorretrato sobre mi muerte” de Carlos Herrera. La enumeración no llama la atención por lo interminable sino por las diferencias de cualidades. Más allá de los subconjuntos que se puedan determinar a partir de los diferentes tipos de lenguajes (lo visual, lo sonoro, etc.) -agrupamientos que, por otra parte, hoy son cada vez mas indeterminados- ¿cómo es que cosas tan distintas pueden ser llamadas arte? ¿podemos afirmar que no hay límites? ¿cualquier cosa puede serlo?

Dos vivencias
El hecho sucedió una tarde de hace pocos años atrás en torno a la "Usina de Arte", una muestra que la Escuela de Artes Visuales "M. Malharro" lleva adelante en el Centro Provincial de las Artes de Mar del Plata, y en donde se exponen los trabajos que los estudiantes realizan en sus diferentes carreras. Recuerdo el lugar con precisión: fue a mitad de la escalera que da acceso al foyer, cuyos anchos y blancos escalones de piedra pulida estaban cubiertos por una alfombra que alguna vez fue rojo glorioso, hoy baqueteado y deprimente. Ya era un poco tarde y el Centro había cerrado sus puertas, de modo que me retiraba junto a un último pequeño grupo malharrense que aún andaba por ahí cuando, en dirección contraria, un muchacho encargado de la limpieza del lugar se detuvo frente a nosotros, colocó contra la pared el balde y el escobillón de piso que llevaba, nos miró, señaló los objetos depositados contra el muro y nos dijo convencido: “-¡Arte!”. Todos nos reímos. Después el muchacho tomó los elementos de limpieza y continuó su camino, al igual que nosotros. ¿Cuánto duró aquel acto? ¿15 segundos? ¿10?. Sin saberlo, después de más de medio siglo, aquel joven encarnaba una vez más a Duchamp.

El otro hecho -hoy casi mito- fue aquella oportunidad en la que, siendo yo un estudiante, se había popularizado la frase “¿Esto es arte o se tira?”. Esta pregunta que pronunció por primera vez Celerina (una españolísima señora tan petisa y ancha como simpática y trabajadora, encargada de la limpieza de la escuela) ponía en evidencia su duda en el cumplimiento de la tarea al enfrentarse a objetos que, a la luz de cierta concepción de arte, le provocaban la incomodidad de decidir sobre si debía tirarlos al tacho de la basura o dejarlos en las mesas y estantes de trabajo. La célebre frase adquirió tal relevancia que fue finalmente el título de la muestra de aquel año. Este segundo hecho demostraba que la duda, en definitiva, no era sólo de Celerina.

Lo sucedido en la Mar del Plata de los noventa no fue novedoso. El artista Joseph Beuys protagonizó un hecho similar en 1969 en Alemania, cuando expuso su obra “Badewanne”, una bañera de niño decorada con grasa y gasas; unas personas que se reunían en el lugar de la exposición solicitaron a una asistenta que la limpiara para poder usarla como contenedor de sus cervezas. El caso terminó en un juicio ganado por el artista.

Tal vez se sorprendan sobre la cantidad de veces que la relación arte-personal de limpieza ha sacudido el concepto de "lo artístico" en estos últimos años (les dejo algunas pocas notas*, les aseguro que encontrarán más). Claro que las conclusiones de los críticos no se hicieron esperar: hay quienes sostienen que la obra de los artistas se completaría con la acción performática de su limpieza, y otros, que si la obra fue eliminada, es que en realidad no es arte, ya que el arte debe ser comprendido por todos, incluyendo al personal de limpieza.

Los hechos relatados son unos pocos ejemplos que parecen delatar la imposibilidad de poner límites a lo artístico. Pero el problema del límite no está en los objetos o en los actos del mundo sino en el lenguaje que los señala. No hay "la frontera de lo artístico" como tampoco hay "todo es arte". No hay frontera en su materialidad, en su forma o función comunicacional y tampoco en lo que dice, lo cual no implica que todo sea arte, y el hecho de no poder definir con precisión al término no equivale a no poder decir de qué hablamos. De hecho, tantas veces el arte nace ahí donde la palabra es limitada, innecesaria. El problema de la indefinición (o des definición) del término arte lo único que parece poner en evidencia es la insuficiencia o inadecuación del lenguaje verbal para nominar algunas cosas del mundo que construimos y la verdad, esto no sucede sólo con esta palabra: traten de definir "vida" o "música" o "amor". Cuando el lenguaje se ve limitado para definir algo es más bien un problema del propio lenguaje, no de la realidad que menciona. Así, lo incierto de los límites respecto del arte parece estar en su pretensión categorizante. Todo no es arte, pero si el lenguaje verbal, en su colonizadora acción trascodificante quiere determinar esa frontera, se meterá en problemas.

Alejandro Zoratti Calvi

Nota no sin ironía: veo muy improbable que vuelva a suceder lo de Celerina en "la Malharro" de hoy día; para que ocurra, los encargados de limpieza primero deberían limpiar. AZC
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*Una limpiadora tira a la basura una obra de arte vanguardista en Italia http://www.elmundo.es/cultura/2015/10/30/56332e1ce2704e477b8b4600.html
Artista furiosa porque la "limpiaron" en Documenta http://www.perfil.com/cultura/Artista-furiosa-porque-la-limpiaron-en-Documenta-20070615-0038.html
Una empleada de limpieza tiró por error parte de una obra de arte http://www.clarin.com/sociedad/empleada-limpieza-error-parte-arte_0_1516648595.html

sábado, 3 de junio de 2017

arte interesante - arte interesado

En la escuela de arte donde trabajo se viene escuchado desde hace años y no pocas veces, el uso de la muletilla "es interesante" como parte del análisis de las producciones realizadas, un juicio tan contundente como ambiguo. Sin hacerse esperar, surge la silenciosa pregunta de los así evaluados con tan escueta conclusión: "¿Será bueno o malo que el trabajo sea interesante?". En ese ámbito académico todos sabemos que si alguien designa algo como interesante es igual a que se dijera nada, y es que en la propia pregunta está la respuesta: falta el argumento del interés. Este bastardeo de la expresión "es interesante" no convierte en malo a su uso, sino en insuficiente al juicio emitido. Si un sujeto califica de interesante alguna cosa debería luego explicar las razones del interés. En esa duda también aparecen, al menos, tres cuestiones más. Primero: si el ser interesante es una calificación bondadosa, entonces sería aceptable que el arte produzca interés (en general, el paralenguaje con que el sujeto lo dice parece indicar una valoración positiva aunque teñida de sospecha y difícil de ser expresada). Segundo: si el arte produce interés, ¿sería admisible cualquier interés? Tercero: el ser interesante ¿es un juicio que describe al objeto, al sujeto o a ambos? ¿lo interesante es cualidad propia de, digamos, una pintura, una escultura, una performance, o es la referencia a cierto estado de ánimo que se produce en las personas que así la designan?

Un arte desinteresado
Está bastante difundida la idea de que el arte es desinteresado si se construye como pura expresión individual, como una actividad hasta necesaria del verdadero artista independiente que sólo hace obra como respuesta a su libertad creadora. "(...) según mi modo de ver no debería darse el nombre de obras de arte sino a a aquellas en las que el artista se ha podido libremente mostrarse como tal, esto es, a aquellas en las que la belleza ha sido su primero y último fin" nos detalla G. E. Lessing en una parte de su Laocoonte. Desde esta perspectiva todo producto motivado por un encargo no podría denominarse "arte", y si seguimos la reflexión del autor alemán, quien apunta directamente sobre el arte religioso, todo arte que fuera apéndice de alguna otra cosa estaría en la misma posición: el arte de la ilustración científica o la pedagogía, el arte ideológico de propaganda o de denuncia social, los productos realizados en una escuela de arte, donde prácticamente todas las realizaciones son para el cumplimiento de las consignas de las cátedras. Está claro que el concepto de arte de hoy en día no puede homologarse con el de belleza como se concebía en la era lessigniana, pero el punto más bien se refiere a criticar un excesivo apego a lo simbólico en detrimento de una pura construcción individual, pues sólo motivado por su propio interés creador habría libertad, sólo así el artista se manifestaría como tal.

El interés como causa o consecuencia
Si el arte "es interesante" es que hay un interés que podría estar en su origen o manifestarse a partir de su existencia. Con respecto a la relación objeto-sujeto que motiva el interés, por ahora sólo diré que habría algo en la percepción del objeto que por alguna circunstancia produciría alguna simpatía adherente del sujeto. Para algunos, que el interés sea o bien la causa, o bien la consecuencia, podría determinar la validez de lo artístico. El hecho de que una pintura fuese decorativa, por ejemplo, carecería de ese interés, o cuanto menos sería inferior a una pintura "expresiva", ya que en la primera el artista no se expresaría con libertad al tener que suscribirse a formas que responden a una necesidad externa -lo decorativo- idea emparentada con cierto remanente artesanal o con ideales que distinguen diametralmente un arte utilitario -que no sería verdadero arte- de otro nacido de la pura libertad subjetiva, quien produciría, así, un objeto "sin utilidad". La discusión también aparece en torno a si el interés de la obra está centrado en el mercado, aunque también la valoración suele depender del momento en que nazca ese interés.

Caso 1: el interés como consecuencia del arte.
Aunque suscite interés, el arte nace del desinterés. El artista hace arte por amor al arte, mas luego, el objeto artístico producido podría provocar algún interés, inclusive en el propio sujeto que lo creó. Una pintura podría ser la causa de un negocio, motivación no aparecida en su génesis, ya que el artista podría haber hecho su creación desinteresadamente, libremente, y no ser responsable de los efectos que ella produzca. Esta tendencia de románticos aromas quiere deslindarlo de motivaciones por conveniencias para mantenerlo en la esfera del genio creador que no adhiere a otras causas fuera de su propia libertad como motor de su arte.
Caso 2: el interés como causa del arte.
Se acepta que el arte puede nacer de un interés. Si la pintura fuera creada como respuesta a un encargo, el artista no pintaría lo que quiere sino el pedido, es decir, sería la consecuencia de un interés exógeno al que asiente. Así, la obra de arte parecería ser un medio para alcanzar otros objetivos, aparentemente "extra-artísticos", para conseguir algo a cambio (dinero, estatus, persuasión ideológica, aprobación de una cátedra). Entonces, ¿habría arte si el realizador responde así con su trabajo? Este punto suele generar mayores controversias y los acuerdos rondan -aunque no siempre-en los casos en que el interés externo coincide con el interés del artista. Por ejemplo, se sabe de la religiosidad de Miguel Ángel, él mismo lo expresó en sus sonetos, de modo tal que podríamos decir que en los encargos que hizo para la iglesia católica habría identificación de intereses por compartir las creencias. Recordemos de paso algunas lecturas que relatan la posición social de los artistas del Renacimiento. El historiador A. Hauser, también el catedrático M. Á. de Bunes Ibarra nos explican en distintos textos que, como a los pintores y escultores les resultaba difícil acceder a un buen posicionamiento social-económico en la Europa de aquella época, necesitaban dar jerarquía de artes superiores a sus actividades y desaparecer de la lista negra de una clasificación heredada del pasado: la de ser artes mecánicas, inferiores, artesanales, serviles, artistas que ni siquiera contaban con un gremio propio que los amparase. La pretensión de hacer entrar a la pintura al rango de ciencia (algo sobre lo cual también hizo referencia Leonardo en su Tratado de la pintura), emparentándola así más con lo intelectual que con el trabajo físico, pretendía jerarquizar la actividad, pero es evidente que esta apologética categorización respondía tanto a debates intelectuales sobre el concepto de arte como a necesidades económicas y de estatus. Los intereses en la génesis de la obra no sólo no invalidaban al trabajo como artístico sino que, y tal vez la mayoría de las veces, lo confirmaban.

¿Negaríamos el arte de Boticelli, Ghirlandaio, Leonardo, Miguel Ángel y el de tantos otros que conocemos por ser respuestas a encargos? ¿Qué nos motiva el designar a la obra de una persona como artística, cuya labor en vida careció de interés, y muerto, el mercado de arte la cotiza en millones? ¿Por qué tantos estudiantes de arte se anotan tan rápido para trabajar gratuitamente en convocatorias de agrupaciones o personas que deberían pagar si en vez de pintar un mural tuviesen que arreglar un caño de gas, pero al mismo tiempo se quejan si no se valora su trabajo? ¿Podemos finalmente llamar artísticos a los objetos realizados como respuestas a consignas o encargos? ¿El tipo de interés o el hecho de que sea la causa de una construcción del mundo puede determinar su validez como arte?

Alejandro Zoratti Calvi

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Bunes Ibarra, Miguel Ángel de. 1997. "Introducción" en Miguel Ángel Buonarroti, Obras escogidas. Madrid. M.E.Editores.
Hauser, Arnold. 1979. Historia social de la literatura y el arte I. Barcelona. Guadarrama.
Lessing, Gotthold E. 1960. Laocoonte o sobre los límites de la pintura y la poesía. México. UNAM. Ensayo publicado originalmente en Berlin en 1766.
Vinci, Leonardo da. 1999. Tratado de la pintura, trad. y prólogo Rafael Galvano, Buenos Aires, R. Need. El Trattato della pittura es una colección de pensamientos y de notas extraídas de los manuscritos de Leonardo y compilada póstumamente (hacia 1550). La primera edición impresa apareció en París en 1651 al cuidado de Rafael Du Fresne.

jueves, 25 de mayo de 2017

quiero algo nuevo

Quiero algo nuevo. No, en serio, no repitas nada. Quiero algo nunca dicho, y si es necesario, invéntate la palabra, o el color, o el sonido, o lo que sea, pero dame algo jamás pronunciado. Por otra parte, no me basta que sea nuevo: además quiero que tenga sentido, no me vengas con el guitarreo de los que adhieren a las ideas de vanguardia sólo por la efectividad del choque. Regálame una revelación, una sinapsis original, una aparición creadora, una manifestación, pero dame algo. Es que ya estoy tan abrumado por las obviedades, tan aburrido de los mismos actos de los hombres que por momentos me siento un clarividente en medio de esta humanidad predecible, aburridamente predecible. Conviérteme en novato o haz conmigo como hace el clima con los meteorólogos: déjame en evidencia. No quiero otra vez ni el mismo conflicto, ni el mismo error, ni el mismo amor. Yo, por lo pronto, espero atento; todos mis sentidos siguen vigilantes aguardando tu señal.

Alejandro Zoratti Calvi

miércoles, 11 de enero de 2017

redundancia

Lo diré sin anestesia: me aburren las personas cuando centran su comunicación en la vida de sus hijos. La mayoría de mis amigos y conocidos lo hacen y ellos seguramente no se dan cuenta de ninguna de las dos cosas, ni de que monologan en exceso sobre sus herederos ni de que me cansan cuando lo hacen. Trato de escucharlos porque entiendo que para ellos eso es importante (no sus hijos -quienes son naturalmente importantes- sino el hablar redundantemente sobre ellos) y no es que peque de falso sino más bien de empático, pero en verdad me agotan.

Redunda el mar en su oleaje, el día en su nacer, la noche en su caer, el finito tic tac del corazón y el ritmo de tu respiración; repite la semilla su origen, la migración de ciertas aves, el hambre y el sueño. La naturaleza redunda afectuosamente reiterando ofrendas gratuitas en sus actos. Ojalá mis redundancias sean pocas o al menos te den argumentos de libertad.

Alejandro Zoratti Calvi

domingo, 8 de enero de 2017

el mundo

Me pregunto qué tan sociales deberemos ser para no desaparecer, para no convertirnos en bestias o en dioses.

¿Qué clase de caricia podría adormecernos al punto de que sólo vivamos sin preguntar?

Quisiera que me enfrentes con tus argumentos y me destruyas.

Alejandro Zoratti Calvi

sábado, 7 de enero de 2017

el Wincofón amarillo

Jandri también recibió alguna bicicleta por el Día de Reyes, aunque en realidad no era totalmente suya pues la economía de la casa imponía el compartir todo lo compartible con su hermana. La bici era tan grande que, o se sentaba o pedaleaba, y como además debía usarla con una mujer, no llevaba la barra superior del cuadro, lo que le producía sentimientos ambivalentes porque al mismo tiempo que estaba obligado a usar una bicicleta femenina (al menos era roja) también le permitía pedalear parado sin perjuicio de sus genitales. "-Ya vas a crecer" la habrían dicho sus padres, para justificar que no sólo la bici era varias medidas más grandes que su físico, sino también sus camisas, sus pantalones, sus calzoncillos, sus medias y sus zapatos. Notó que los Reyes Magos pensaban igual que sus progenitores en cuestiones de talles, lo que les otorgaba un aval recíproco. Como sea, aquel velocípedo no fue el regalo que más recuerda de esas fiestas. Su padre era un farmacéutico aficionado a la electrónica. Odiaba a su farmacia tanto como amaba a la electricidad y se pasaba la mayor parte del tiempo arreglando todo tipo de artefactos que la gente le llevaba: radios a transistores, licuadoras, despertadores, amplificadores, tocadiscos, grabadores y televisores, lo que significaba que en la casa del niño nunca faltaba tecnología en cortos períodos de prueba y así tuvo a su alcance electrónicos que jamás sus padres podrían haber comprado, excepto por aquel "Winco" amarillo que la Navidad había dejado un diciembre de los setenta. Jandri no dejaba de asombrarse por la magia detrás de la perfecta caída del vinilo negro de doble surco espiralado sobre el regular giro del plato y la delicada precisión con que se posaba en el lugar exacto el brazo con su diminuta púa. Y entonces, ¡hágase la música! Ahora podía escuchar todos los discos que tenían -que no eran pocos- y gozar de aquel regalo sabiendo que no desaparecería en corto tiempo como los otros. "Música en Libertad", "Mercedes Sosa", "Sui Generis", "Larralde", "Alberto Cortez" y "Tchaikovsky" formaban parte del variado repertorio; todo se escuchaba y se disfrutaba, claro que con gustos desnivelados repartidos según afectase a las inclinaciones de los oyentes de aquella familia. Pero la felicidad que trajo el nuevo artefacto duró -como se dice en mi pueblo- lo que un pedo en un canasto. A los pocos días, más precisamente en la mañana de Reyes, el "Winco" había desaparecido, lo que le revelaba al infante una primera contradicción: durante el sexto día del primer mes del año no desaparecen cosas, más bien aparecen. La inquietud transformada en queja no se hizo esperar y la respuesta que obtuvo fue la punta del iceberg que descubrió para aquel niño la escondida realidad evangélica. Necesitaba saber la verdad: "-El Wincofón se lo vendimos a tu tío para que se lo regale a sus hijas como obsequio de Reyes, pero tu papá va a preparar un mejor equipo para nosotros". Las palabras no son las exactas, pero eso fue lo que dijo la madre de Jandri como punto final del tema, lo que para él se tradujo en: "los Reyes Magos no existen, aún en tus fantasías estás arrojado a la realidad de la familia que te tocó en suerte". Sabía que Papá Noel no era real, ni siquiera estaba en la biblia y además conocía el secreto de su tía Hilda disfrazada de rojo y blanco cada noche del 24, pero los Reyes... ¡los Reyes Magos!. Jandri me mira, hace ademanes con sus manos, con su alma, no puede encontrar una palabra que exprese la fatal desesperanza que sintió cuando pensó en cual de sus dos mentirosos padres habría vaciado los recipientes que contenían el agua y la lechuga que él mismo había lavado para los camellos la noche anterior al suceso. Siempre los imaginó cansados, enormes, silenciosos. Suponía que se quedarían en el pequeño jardín y sólo los tres príncipes de oriente entrarían a dejar lo suyo cerca del árbol navideño, aprovechando la oportunidad de beber y comer algo en ese breve lapso de tiempo. Se preguntaba cómo llegarían hasta la casa sorteando el portón de acceso, o cómo harían para beberse y comerse todo en todas las casas en una noche, en alguna deberían dejar algo. No había claridad en las conclusiones pero tampoco preocupación, al fin de cuentas seguro que esos animales tendrían propiedades mágicas al igual que sus dueños. Recuerda resignado la indefensión experimentada al corroborar que tantas magias se habían derrumbado con un solo golpe, como quien implosiona un gran edificio. Delante suyo estaban las mismas hojas de lechuga fresca que imaginó como alimento de los mágicos camellos, ¡qué torpeza la de su madre el volver a guardarlas en la heladera, como si no las fuera a reconocer! ¡Todas las pruebas estuvieron siempre frente a sus narices, pero qué ceguera!
Ahora llega a su mente -así me lo cuenta- el intenso amarillo de la carcasa del tocadiscos y la gran mesa del comedor donde lo encontró apoyado por primera vez, esa que había construido su abuelo y que, de tanto rayarse, su padre había cubierto de oscuros e irregulares cerámicos, tarea en la que él mismo había contribuido, una gran mesa familiar que ahora su hermana había hecho desaparecer. Con los años comprendió que no fue la entrega del artefacto sonoro lo que lo decepcionó sino una nueva pérdida de confianza en quienes tenía delante suyo sin elección. Para su libertad, Jandri sabe que lo de los reyes no es la única mentira que por alguna razón no razonable, demasiados seres humanos de esta cultura siguen cultivando.

Alejandro Zoratti Calvi