sábado, 3 de junio de 2017

arte interesante - arte interesado

En la escuela de arte donde trabajo se viene escuchado desde hace años y no pocas veces, el uso de la muletilla "es interesante" como parte del análisis de las producciones realizadas, un juicio tan contundente como ambiguo. Sin hacerse esperar, surge la silenciosa pregunta de los así evaluados con tan escueta conclusión: "¿Será bueno o malo que el trabajo sea interesante?". En ese ámbito académico todos sabemos que si alguien designa algo como interesante es igual a que se dijera nada, y es que en la propia pregunta está la respuesta: falta el argumento del interés. Este bastardeo de la expresión "es interesante" no convierte en malo a su uso, sino en insuficiente al juicio emitido. Si un sujeto califica de interesante alguna cosa debería luego explicar las razones del interés. En esa duda también aparecen, al menos, tres cuestiones más. Primero: si el ser interesante es una calificación bondadosa, entonces sería aceptable que el arte produzca interés (en general, el paralenguaje con que el sujeto lo dice parece indicar una valoración positiva aunque teñida de sospecha y difícil de ser expresada). Segundo: si el arte produce interés, ¿sería admisible cualquier interés? Tercero: el ser interesante ¿es un juicio que describe al objeto, al sujeto o a ambos? ¿lo interesante es cualidad propia de, digamos, una pintura, una escultura, una performance, o es la referencia a cierto estado de ánimo que se produce en las personas que así la designan?

Un arte desinteresado
Está bastante difundida la idea de que el arte es desinteresado si se construye como pura expresión individual, como una actividad hasta necesaria del verdadero artista independiente que sólo hace obra como respuesta a su libertad creadora. "(...) según mi modo de ver no debería darse el nombre de obras de arte sino a a aquellas en las que el artista se ha podido libremente mostrarse como tal, esto es, a aquellas en las que la belleza ha sido su primero y último fin" nos detalla G. E. Lessing en una parte de su Laocoonte. Desde esta perspectiva todo producto motivado por un encargo no podría denominarse "arte", y si seguimos la reflexión del autor alemán, quien apunta directamente sobre el arte religioso, todo arte que fuera apéndice de alguna otra cosa estaría en la misma posición: el arte de la ilustración científica o la pedagogía, el arte ideológico de propaganda o de denuncia social, los productos realizados en una escuela de arte, donde prácticamente todas las realizaciones son para el cumplimiento de las consignas de las cátedras. Está claro que el concepto de arte de hoy en día no puede homologarse con el de belleza como se concebía en la era lessigniana, pero el punto más bien se refiere a criticar un excesivo apego a lo simbólico en detrimento de una pura construcción individual, pues sólo motivado por su propio interés creador habría libertad, sólo así el artista se manifestaría como tal.

El interés como causa o consecuencia
Si el arte "es interesante" es que hay un interés que podría estar en su origen o manifestarse a partir de su existencia. Con respecto a la relación objeto-sujeto que motiva el interés, por ahora sólo diré que habría algo en la percepción del objeto que por alguna circunstancia produciría alguna simpatía adherente del sujeto. Para algunos, que el interés sea o bien la causa, o bien la consecuencia, podría determinar la validez de lo artístico. El hecho de que una pintura fuese decorativa, por ejemplo, carecería de ese interés, o cuanto menos sería inferior a una pintura "expresiva", ya que en la primera el artista no se expresaría con libertad al tener que suscribirse a formas que responden a una necesidad externa -lo decorativo- idea emparentada con cierto remanente artesanal o con ideales que distinguen diametralmente un arte utilitario -que no sería verdadero arte- de otro nacido de la pura libertad subjetiva, quien produciría, así, un objeto "sin utilidad". La discusión también aparece en torno a si el interés de la obra está centrado en el mercado, aunque también la valoración suele depender del momento en que nazca ese interés.

Caso 1: el interés como consecuencia del arte.
Aunque suscite interés, el arte nace del desinterés. El artista hace arte por amor al arte, mas luego, el objeto artístico producido podría provocar algún interés, inclusive en el propio sujeto que lo creó. Una pintura podría ser la causa de un negocio, motivación no aparecida en su génesis, ya que el artista podría haber hecho su creación desinteresadamente, libremente, y no ser responsable de los efectos que ella produzca. Esta tendencia de románticos aromas quiere deslindarlo de motivaciones por conveniencias para mantenerlo en la esfera del genio creador que no adhiere a otras causas fuera de su propia libertad como motor de su arte.
Caso 2: el interés como causa del arte.
Se acepta que el arte puede nacer de un interés. Si la pintura fuera creada como respuesta a un encargo, el artista no pintaría lo que quiere sino el pedido, es decir, sería la consecuencia de un interés exógeno al que asiente. Así, la obra de arte parecería ser un medio para alcanzar otros objetivos, aparentemente "extra-artísticos", para conseguir algo a cambio (dinero, estatus, persuasión ideológica, aprobación de una cátedra). Entonces, ¿habría arte si el realizador responde así con su trabajo? Este punto suele generar mayores controversias y los acuerdos rondan -aunque no siempre-en los casos en que el interés externo coincide con el interés del artista. Por ejemplo, se sabe de la religiosidad de Miguel Ángel, él mismo lo expresó en sus sonetos, de modo tal que podríamos decir que en los encargos que hizo para la iglesia católica habría identificación de intereses por compartir las creencias. Recordemos de paso algunas lecturas que relatan la posición social de los artistas del Renacimiento. El historiador A. Hauser, también el catedrático M. Á. de Bunes Ibarra nos explican en distintos textos que, como a los pintores y escultores les resultaba difícil acceder a un buen posicionamiento social-económico en la Europa de aquella época, necesitaban dar jerarquía de artes superiores a sus actividades y desaparecer de la lista negra de una clasificación heredada del pasado: la de ser artes mecánicas, inferiores, artesanales, serviles, artistas que ni siquiera contaban con un gremio propio que los amparase. La pretensión de hacer entrar a la pintura al rango de ciencia (algo sobre lo cual también hizo referencia Leonardo en su Tratado de la pintura), emparentándola así más con lo intelectual que con el trabajo físico, pretendía jerarquizar la actividad, pero es evidente que esta apologética categorización respondía tanto a debates intelectuales sobre el concepto de arte como a necesidades económicas y de estatus. Los intereses en la génesis de la obra no sólo no invalidaban al trabajo como artístico sino que, y tal vez la mayoría de las veces, lo confirmaban.

¿Negaríamos el arte de Boticelli, Ghirlandaio, Leonardo, Miguel Ángel y el de tantos otros que conocemos por ser respuestas a encargos? ¿Qué nos motiva el designar a la obra de una persona como artística, cuya labor en vida careció de interés, y muerto, el mercado de arte la cotiza en millones? ¿Por qué tantos estudiantes de arte se anotan tan rápido para trabajar gratuitamente en convocatorias de agrupaciones o personas que deberían pagar si en vez de pintar un mural tuviesen que arreglar un caño de gas, pero al mismo tiempo se quejan si no se valora su trabajo? ¿Podemos finalmente llamar artísticos a los objetos realizados como respuestas a consignas o encargos? ¿El tipo de interés o el hecho de que sea la causa de una construcción del mundo puede determinar su validez como arte?

Alejandro Zoratti Calvi

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Bunes Ibarra, Miguel Ángel de. 1997. "Introducción" en Miguel Ángel Buonarroti, Obras escogidas. Madrid. M.E.Editores.
Hauser, Arnold. 1979. Historia social de la literatura y el arte I. Barcelona. Guadarrama.
Lessing, Gotthold E. 1960. Laocoonte o sobre los límites de la pintura y la poesía. México. UNAM. Ensayo publicado originalmente en Berlin en 1766.
Vinci, Leonardo da. 1999. Tratado de la pintura, trad. y prólogo Rafael Galvano, Buenos Aires, R. Need. El Trattato della pittura es una colección de pensamientos y de notas extraídas de los manuscritos de Leonardo y compilada póstumamente (hacia 1550). La primera edición impresa apareció en París en 1651 al cuidado de Rafael Du Fresne.

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