domingo, 27 de noviembre de 2016

la masacre

Un día Jandri se sacó. Era un niño de seis años y en esa época no estaba difundida la educación inicial, de modo que recién experimentaba lo que le ofrecía la gloriosa primaria privada argentina, estrenando su primer año de escolaridad. Asistió a una escuela impecable de impecables pisos, grandes ventanales y pupitres a la antigua, de madera sólida, de esos que aún conservaban el orificio para colocar el frasco de tinta y con un buche debajo del tablero rebatible para dejar los útiles que momentáneamente no se usen o como depósito de los envoltorios de las golosinas. Cada salón contaba con percheros suficientes para que todos los alumnos pudiesen dejar el saco azul marino del uniforme de gala y colocarse así un guardapolvo gris sobre la siempre presente camisa y corbata. El patio usado en los recreos estaba embaldosado y marcado regularmente con pequeños círculos blancos y amarillos de pintura; Jandri debió esperar a su primera celebración del 25 de Mayo para descubrir la función de aquellas huellas.
A los maristas siempre les gustó el orden, tanto que el niño temía no estar a la altura de las circunstancias. Llegar tarde lo vivía como una humillación y si eso pasaba, el enorme portón de madera y hierro se cerraba implacable y a esperar afuera. Para suerte de Jandri eso no le pasó muchas veces y cuando sucedió sus padres lo dejaron ahí solo con los otros pequeños impuntuales, total en esa época no robaban nenes. Su primer día de clases llegó tarde y eso le valió tener que sentarse en el último banco ya que todos los demás estaban ocupados, lo que produjo una consecuencia saludable si se quiere, pues su maestra detectó en poco tiempo que padecía de alguna discapacidad visual: las escrituras en el pizarrón eran para el iniciado estudiante una nebulosa, lo que luego determinó -aún con sus anteojos de miope y seguramente asociado a su escasa estatura- un abono de primera fila hasta el final de la primaria.
Octubre era el mes de María y no había lola. El único programa para la primera hora de clase de todo ese mes era honrar a la madre de Jesús y todos a la capilla. Los que se acordaban de llevar alguna flor formaban una orgullosa fila separada del resto del estudiantado acomodado en los bancos, y a la orden del religioso que siempre llevaba una sotana que alguna vez fue negra, y entonando "Venid y vamos todos con flores a María", la procesión caminaba rítmica hacia la estatua de yeso virginal para depositar allí su ofrenda, rito que daba inicio a la diaria ceremonia mariana. Participar de esa. la más de las veces, corta comitiva floral, valía por un lado para estar en la inestable lista de quienes merecerían participar del cielo tan perdido, evitando el infierno tan merecido y, por otra parte, ser también una especie de indulgencia para toda inconducta escolar a los ojos omnipresentes del hermano Víctor. Jandri aprendió que si en el claustro del conocimiento había orden, en el templo espiritual la disciplina era superlativa. En la escuela podías equivocarte en algo y había posibilidades de no ser descubierto por los humanos, pero en la iglesia eso era imposible porque dios observaba a todos al mismo tiempo, todo el tiempo.
En algún momento del primer grado el pequeño se enfermó de paperas o varicela o sarampión y al retornar a la escuela se le prohibió por una semana participar de la actividad de educación física. El profesor daba sus clases o bien en el patio de los recreos o bien en una villa que la comunidad religiosa poseía en la zona de Camet, alejada del edificio central, al norte de la ciudad, ya que todavía no se había construido el gimnasio que se inauguraría siete años después y su maestra quiso disfrutar del sol mañanero dejando a Jandri solo dentro del aula. Ese fue el momento en que aprovechó sin premeditación para convertirse en Superjandri, un defensor poderoso que luchaba contra los monstruos aterradores que lo hostigaban y no tenía opción: había que destruirlos. Los diabólicos engendros eran hábiles y se escondían disimulados en los lápices asomados en las cartucheras. Sobrevolando el campo de batalla, partía al medio y sin piedad toda bestia que se manifestaba. Como si otro tomara el control de sus acciones, el niño experimentaba una ira que jamás había sentido y no importaba si la monstruosidad era malvadamente gris de escribir o sangrientamente roja para colorear, todas debían ser exterminadas. Superjandri escudriñaba cada pupitre detectando con la precisión de un radar los coloridos y malvados personajes, los tomaba con sus fuertes manos a veces de a tres o de a cuatro al mismo tiempo y los acababa de un golpe decapitándolos sin misericordia, hasta que no quedó ni uno. Terminada la cruzada pensó que si dejaba a la vista semejante desolación de madera y grafito, su maestra y sus compañeros descubrirían su identidad secreta, entonces envolvió como pudo a los cadáveres en hojas de papel y los metió en el buche de un banco desocupado al fondo del aula.
Al regresar, varios niños comenzaron a quejarse de que no encontraban sus lápices. Cuando la maestra notó que no era uno, ni dos, ni tres, sino quince o veinte los que denunciaban las pérdidas, declaró la búsqueda y comenzó el rastreo. Al cabo de unos minutos alguien encontró la fosa común y Jandri fue proclamado culpable de inmediato. El niño lloraba gritando entre lágrimas que nada tenía que ver con aquel desastre, que alguien habría entrado a la sala sin que él se percatara y habría cometido semejante barbarie, pero nadie le creyó. Fue deshonrado frente a sus compañeros y a pesar de haber demostrado ser un excelente estudiante en los pocos meses de su primer grado, le arrebataron de la solapa gris la plateada medalla mariana ganada por su trayectoria escolar. Los padres de Jandri fueron convocados ese mismo día por la dirección, pero nunca supo qué se dijo en aquella reunión y le llamó particularmente la atención el hecho de que su papá no lo castigara, cosa habitual en él como respuesta a cualquier transgresión infantil. Notó que los adultos prefirieron callar el tema.
Con el tiempo se olvidaron de la masacre, todos menos Jandri. De aquel hecho aprendió que debía cuidar las evidencias para evitar ser descubierto y decidió ocultar su identidad hasta algún otro momento oportuno.

Alejandro Zoratti Calvi

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