lunes, 28 de noviembre de 2016

católico fútbol

"Y para la raza conseguir el ejemplar del porvenir."
Antonio Botta

Las clases de gimnasia -como entonces se les decía- eran una paparruchada. Las opciones se reducían a dos: jugar al fútbol o nada. A Jandri le gustaba ir a la Villa Marista, el centro de actividades futboleras que los religiosos tenían algo alejado del instituto y el traslado siempre se hacía en un micro escolar. Rodeada de árboles en pleno crecimiento, era la cara opuesta al edificio central: naturaleza pura. Dos frescores recuerda de aquel lugar con asombro: el del agua saliendo interminable de los bebederos, la que sorbía agotado al acabarse el juego y el del olor de los eucaliptos, tan fresco como una sombra verde. Era tan mal jugador que padeció el bullying tempranamente (en la católica Argentina, el fútbol es dios). El trabajo del profesor consistía en elegir a dos alumnos como capitanes y luego cada uno de ellos iba conformando sus equipos eligiendo alternadamente y a viva voz a los jugadores restantes. Así como Jandri era siempre el primero en la fila escolar, aquí era irremediablemente el último. Sólo a veces alguno de los capitanes ejercía la práctica de la piedad cristiana y lo nombraba anteúltimo. Él sabía que era pésimo para controlar con sus piernas una esfera de cuero duro llena de aire: definitivamente no le interesaba, no lo practicaba y después de siete años de insistencia social, lo odiaba. Su puesto obligado en aquellos torneos escolares era el de defensor y de ahí le quedó la idea de que los jugadores que son la defensa en cualquier equipo han de ser los peores. Pocas veces corría como loco tratando de dramatizar algún interés en tan banal actividad, un poco como experimento físico y otro como agradecimiento a su líder por haberlo elegido aún como descarte. Cuando todos los jugadores estaban cansados de correr porque ya lo habían hecho durante casi una hora y si de casualidad estaba próximo al arco contrario, el buen capitán samaritano le pasaba la pelota a ver si hacía algo, pero Jandri, sobrepasado por la emoción del pase, rara vez le acertaba. Aprendió a los insultos que los saques desde fuera de la cancha se hacían por sobre la cabeza y aunque parecía una obviedad para todos, nadie se lo había dicho. Por otra parte -y no es que lo defienda- no debemos olvidar su miopía; dado que no podía jugar con los anteojos por el peligro que ello implicaba, sus habilidades se veían notablemente reducidas si se comparaban con las de aquellos arios futbolistas. Cuando podía optaba por nada y caminaba o se sentaba bajo los árboles con algún compañero el tiempo que duraba la clase. Fue ahí donde conoció las pequeñas bayas aromáticas que caían de los plateados eucaliptos, el colchón de la pinchuda pinocha y la pegajosa resina. Dice tener una foto interna del paisaje de pinos pequeños y el alambrado a los límites de aquella villa y su imagen se vela al recordar el momento de la partida cuando el profesor los llamaba para regresar a la escuela, o al pensar en aquella inaccesible casa blanca lindera al predio de juegos donde -según le contaron- vivían unas monjas autoclausuradas a quienes nunca vio. Mirándome canta impreciso la Marcha del Deporte que tantas veces entonó de pequeño, las notas se diluyen y Jandri vuelve al presente. Está por empezar la Copa Bridgestone Libertadores, entonces se pone las Nike flúo y sale a trotar un rato por la costa marplatense.


La Marcha del Deporte
1933
Música: Francisco Lomuto
Letra: Antonio Botta

En un marco de azul celestial
y al rayo solar
va la juventud.
En el pecho un soberbio ideal
y un ansia sin par
de goce y salud.
Una insignia en el corazón
un emblema como ilusión
y en el alma un deseo
de honor y de gloria
que vibra y es siempre emoción.

Luchar, en justa varonil.
Luchar con ansia juvenil.
Y para la raza
conseguir el ejemplar
del porvenir.
Luchar, luchar para triunfar,
luchar y nunca desmayar.
Alentando siempre
la esperanza de imponer
la divisa "Vencer y vencer".

Caballeros del juego hay que ser,
al campo a salir
con fe y con valor.
Adversarios que van a ofrecer
en brega gentil
ejemplo y vigor.
La confianza y la inspiración
del amor a una institución
ha de darnos aliento
y hacer que el esfuerzo
corone de gloria un campeón.

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